martes, 27 de octubre de 2009

Niño Jesus


-Pueblito de mierda - pensó el sacerdote cuando tres niños pasaron corriendo por su lado, levantando una nube de polvo que insistía en pegarse a su negrísima sotana.
El milagro era tan pequeño e insignificante como este país al final del mundo.
-Las suelas de los zapatos de la imagen del niño se gastan, Su Santidad - recordó el cura.
-¿Y eso qué tiene de milagroso? Los ciegos no vieron, ni los mudos recobraron el habla, como mínimo alguien podría despertar de un coma profundo de diez años para hacer que me levante de mi santa cama- balbuceó socarrón mientras se acercaba a la iglesia casi en ruinas.
Examinó la estatua. Una madona indígena lo miro con sus ojos mansos y un niño Jesús sonriente con cara redonda, en una representación que para su gusto más bien parecía una herejía, como comparar al rey de reyes, al príncipe de la bóveda celeste, con esta familia que más bien parecían mendigos analfabetos, como debieron ser estas gentes antes de la venida evangelizadora de los jesuitas.
Evidentemente sus humildes zapatos estaban gastados, pero más que milagro, el cura lo atribuyó a la falta de respeto de estos que, seguramente, no cumplen con la obligación de todo buen cristiano de pagar el uno por ciento para comprar trajes que se encuentren a la altura de tan magnos personajes.
Las risas de los niños lo trajeron de vuelta de sus cavilaciones económicas teológicas.
Miraban curiosos desde el umbral y se contaban secretos, incluso parecía que lo señalaban. Ahora eran solo dos, pero estaba seguro que eran los mismos que empolvaron su sagrado uniforme episcopal.
Dos días más tarde terminó su informe, las entrevistas no fueron concluyentes y aparte de una seria infección estomacal, nada le entregó esta visita
Cuando salía del pueblo, sus pensamientos elevados lo obligaban a mirar siempre al frente.
Y no se percató que de la iglesia salía corriendo el niño Jesús, llenando de risas y asombro el aire, jugaba con sus amigos mientras la nieve caía en medio del desierto.

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